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1540. Mediación, vía en la construcción de una Cultura de Paz

La mediación es la vía para la construcción de una cultura de la paz y la concordia. Es el único mecanismo para lograr la solución de conflictos, señaló el presidente del Tribunal Superior de Justicia del Estado (TSJEO), Alfredo Lagunas Rivera, al firmar un convenio de colaboración con la Defensoría de los Derechos Humanos de Oaxaca (DDHPO), mediante el cual se capacitará a personal de ese organismo sobre el tema.
"México se encuentra inmerso en una incesante dinámica de cambios en el ámbito jurídico, político, social, institucional y, hasta el siglo pasado, la única vía de acceso para dirimir los conflictos era la justicia adversarial. En la actualidad han cobrado vigencia los distintos canales de negociación que la sociedad utiliza para resolver diferencias. En todos ellos se patentiza la búsqueda continua de sistemas más humanizadores que permitan alcanzar una eficaz protección de derechos fundamentales de sus protagonistas", dijo.
Comentó que los derechos humanos contemplados en las declaraciones, convenciones y pactos internacionales, así como su inclusión en el contenido dogmático de las construcciones políticas contemporáneas, integran la base que genera el marco normativo que da sustento a los planes y programas destinados a darles plena vigencia, con la finalidad de integrarlos gradualmente en la vida diaria.
"Sin embargo, la coexistencia pacífica, la ayuda mutua y la responsabilidad compartida se alejan con frecuencia del quehacer cotidiano, abriendo espacio a comportamientos en los que se privilegia la violencia, mediante conductas muchas veces sutiles e imperceptibles, y otras tan explícitas que dañan los derechos fundamentales de la ciudadanía", enfatizó.
Por ello, desde sus orígenes, los mecanismos alternativos de solución de conflictos se aplicaron como estrategia de pacificación social y fueron ponderados como sustento del valor justicia, con las ventajas que brindan las partes en la solución de los problemas, lo que ha permitido un impulso sin precedentes para las vías colaborativas para la solución de controversias, especialmente la mediación. La mediación ha sido promovida como una vía hacia la cultura de la paz y la concordia porque permite a los interesados tomar las decisiones más apropiadas a sus necesidades en pleno ejercicio de su voluntad".
La mediación, así concebida, puede ser implementada no sólo entre particulares, sino también en la mejora y solución de los conflictos que se generan entre los gobernados y las diversas instancias gubernamentales.
Refirió que Oaxaca exige el compromiso de todas las instituciones y sus servidores públicos para impulsar el diálogo y la comunicación como medios alternos en la solución de sus diferencias.
"En el Poder Judicial del Estado asumimos este compromiso a través del Centro de Justicia alternativas, brindando vía alternas que fomentan la participación de los involucrados en la resolución de sus conflictos".
La firma de este convenio de colaboración con la DDHPO tiene como fin capacitar a su personal y proporcionar a través cursos básicos de mediación las herramientas indispensables para que en el quehacer diario impulsen a la ciudadanía a mar sus propias decisiones en la resolución de sus conflictos respetando siempre sus derechos humanos, agregó el Magistrado.
En la firma de convenio estuvieron presentes Celia Aspiroz García, directora de Justicia Alternativa del Poder Judicial del Estado; Irma Lucía González Espinoza, coordinadora de Fortalecimiento a la Cultura de los Derechos Humanos, y Juan Rodríguez Ramos, coordinador general de Visitadurías de los DDHPO.
Silvia Chavela Rivas . Noticiasnet.mx. Oaxaca, Oaxaca, 02/17/2015
http://www.noticiasnet.mx/portal/oaxaca/general/gobiernos/263323-mediacion-via-construccion-una-cultura-paz-concordia

945. Pacquiao vs. Márquez, La Mediación y Jonás

 
El punto de vista Mediador…
Pacquiao vs. Márquez, La Mediación y Jonás
Jesús Elizondo González
¿Y quién es Jonás? Preguntará usted. Es un hermano “incómodo” del actual alcalde de Monterrey, quien en este airoso y cálido otoño del 2011 fue sorprendido in fraganti, acompañado de un cercano colaborador de su pariente Alcalde, chantajeando a un empresario de un casino ilegal, instalado a escasos metros del Casino Royale (Donde hace unos meses se cometió el homicidio de 53 personas con un incendio provocado).
Manny Pacquiao es un fenómeno del boxeo profesional, actual campeón del mundo, Diputado, ídolo del pueblo filipino por su destreza arriba del ring y por su ejemplar historia de superación personal.
Hace unos días, este sobresaliente deportista, contendió en Las Vegas, en defensa de su campeonato mundial contra el mexicano Juan Manuel Márquez ganando Pacquiao en 12 rounds, por decisión dividida de 3 Jueces.
Jonás acaba de recibir el fingido perdón del dueño del Casino y con ese simulado perdón, su libertad, después de unos 70 días en arraigo preventivo a pesar de existir claras evidencias en su contra publicadas en vídeos. Lo anterior causó el rechazo e indignación de la sociedad ante su sistema de procuración y administración de La Justicia.
Según opiniones de especialistas reflejadas en Los Medios, hubo una tóxica negociación entre el Alcalde, el Gobernador (pertenecen a diferentes partidos políticos -y en unos meses hay elecciones-) y su Procurador. Y estos 3 protagonistas, con el Poder Judicial. Obteniendo como resultado que la denuncia del fiscal en contra de Jonás se configurará por un sólo un delito que pudiera admitir el perdón para liberarlo.
Por su parte, Pacquiao obtuvo su polémico triunfo, ante un inteligente y esforzado Márquez quien, en opinión de algunos críticos expertos del boxeo, conquistó los suficientes méritos para ganar. Incluso, un experimentado Juez de Boxeo de origen mexicano externó en Los Medios, que a pesar de tener admiración, reconocimiento y una gran amistad con uno de los 3 Jueces que intervino oficialmente en Las Vegas, no se explicaba la manera en que juzgó el mérito y demérito de los boxeadores.
Desde el Punto de vista Mediador, lo que mueve a una seria reflexión de estas dos interesantes historias que atrajeron la atención mundial, es observar, lo que sucede cuando hablamos de sistemas, y en especial cuando son diseñados por humanos.
Uno de los Principios que rigen este tipo de sistemas es que producen un fruto o consecuencia. Otro Principio es que si colocas a hombres buenos para que actúen en sistemas malos, se obtendrán malos resultados
En este caso, el sistema de Justicia actual, creado por humanos, busca acceder a La Justicia, centrado en que una persona imperfecta (el Juez, el árbitro, el umpire, el referee, etc.) juzgue los actos de otros seres humanos imperfectos, y entonces exprese quien, en su opinión, de acuerdo a las leyes que rigen cada actividad, es el ganador y el perdedor. Este sistema debería producir como fruto o consecuencia la convivencia armoniosa y pacífica entre los seres humanos. Pero no es así.
Ahora bien, dentro de éste fruto, se encuentran subsistemas que conservan, protegen y fortalecen al propio sistema Judicial.
Dos experiencias cotidianas, mundialmente públicas, una deportiva y otra social/política, nos demuestran lo difícil, si no imposible, que es lograr un tipo de Justicia que satisfaga a la mayoría, con el añejo sistema que tenemos. Los casos de Pacquiao y Jonás nos demuestran que es altamente improbable que se obtengan buenos frutos cuando se solicita a un tercero que juzgue conflictos.
No todas las situaciones se deben concluir con un Ganar-Perder como en una contienda deportiva o en una elección en política en donde es menester que se defina a un vencedor y un derrotado; sino que ahora, más que nunca antes en la historia de la humanidad sabemos, que la mayoría de las diferencias entre humanos se pueden resolver arribando a un escenario Ganar-Ganar-Ganar (Gana A, Gana B y Gana la sociedad).
Así que, en lugar de poner a una persona a juzgar, es mejor poner una persona capacitada en Mediación, que facilite el acuerdo entre dos partes que no han tenido la capacidad de crearlo.
Esto es un tema toral para La Paz entre los humanos y entre las naciones. Los sistemas de Justicia, centrados en que una persona imperfecta decida quién tiene la razón y quien es el equivocado, deben de irse reduciendo rápida, gradual y sustancialmente, para terminar en su mínima expresión, en relación con su proporción actual.
Introducir La Mediación en los sistemas de Justicia mundiales, ya dejó de ser una conveniencia para vivir mejor; sino que ahora es una cuestión de supervivencia para no desaparecer como especie viva, por un acto injusto.
Jesús Elizondo González. Presidente fundador del Centro de Mediación Privado, S.A. de C.V; Maestro en Alta Dirección de Empresas del IPADE; LAE del ITESM; Mediador Certificado por el Poder Judicial en el estado de Nuevo León; Capacitado en Mediación profesional en Buenos Aires, Argentina, Cd. de México, D.F., Sacramento, California, Minneapolis, Minnesota, Certificación en Soluciones de Alto Rendimiento al Conflicto, en el EGADE; Catedrático de la Universidad Regiomontana en la materia: “Negociación”; Conferencista en materia de Mediación profesional y Negociación. Ex Presidente del Colegio de Mediadores de Nuevo León, A.C. (2007-2011). Mediador privado profesional desde 2002. http://centrodemediacionprivado.blogspot.com/ , centro.de.mediacion@hotmail.com  

Samuel Ruiz, el Mediador

Manuel Camacho Solís
México, Distrito Federal. El diálogo para la paz que en 1994 frenó la guerra en Chiapas fue posible por la mediación del obispo Samuel Ruiz.
Don Samuel Ruiz desempeñó dos papeles relevantes en la historia de Chiapas. Por una parte, ayudó a concienciar a los indígenas sobre sus derechos, empezando por el derecho a la tierra que les otorgaba la Constitución. Por la otra, fue el mediador insustituible para abrir la puerta del diálogo y de esa manera evitar la prolongación de la violencia con todas sus consecuencias.
Don Samuel era fino en su trato, educado, cuidadoso. Aún así, sus posiciones generaban desconfianza o franca hostilidad. Era visto con coraje o incluso odio por muchos que consideraban que estaba atentando contra el status quo. A pesar de todo, él no cejaba; no se dejaba amedrentar y proseguía en su lucha. Creía profundamente en los valores del cristianismo. No tenía dudas: la salvación de su alma estaba ligada a la justicia.
Don Samuel no era un político. En alguna ocasión lo busqué para decirle que si no lográbamos resultados inmediatos, todo nuestro esfuerzo se derrumbaría. Me contestó con un “no se preocupe, Dios proveerá”. Ahí estaba presente toda la distancia que existe entre la ética de la convicción del evangelista y la ética de la responsabilidad del político.
En medio del vértigo y la exaltación que produjo la violencia, don Samuel nos enseñó a comprender las razones de la sublevación zapatista. Gracias a él pudimos entender que detrás de los pasamontañas y las armas, de la propaganda política, había problemas reales, razones legítimas y que esos problemas sólo se resolverían por la vía de un auténtico cambio social.
En estos momentos recuerdo algo definitivo. El 14 de febrero me informó que el EZLN había roto la comunicación. Sentí que me había caído un balde de agua fría. En la desesperación, jugué mi última carta. “Mejor demos un paso adicional. Ayúdeme a establecer contacto directo con el EZLN; estoy dispuesto a ir a la selva, a un encuentro”. Dijo que lo intentaría. Horas más tarde salí con un abrigo, un gorro y una bufanda del obispo para no ser reconocido por la prensa y tener el primer encuentro con el subcomandante Marcos en la selva. Ahí se abrió la vía política. Días después nos entregaron al general Castellanos. Fuimos a una mesa de diálogo. Se aseguró el cese de las hostilidades, la tregua. En cada paso, el papel de don Samuel fue determinante. Que descanse en paz un gran mexicano, sincero, bueno y justo.
Manuel Camacho Solís. Coordinador de Diálogos para la Reconstrucción de México (DIA)
Manuel Camacho Solís. El Universal.com.mx. 25/1/2011 

"La Paz es resultado del trabajo de todos"


Mediación México
Cultura de Paz
Construcción de la Paz
Negociación Política

Chihuahua, Chihuahua. "Cuando se presenta un problema social como es la violencia, el Gobierno juega un importante rol por ser parte de la misma sociedad, pero no puede ser el único responsable, ya que la paz es resultado del trabajo y convicción de todos", aseguró ayer el ex presidente de la República de Ecuador y nominado en 1999 al Premio Nóbel de la Paz, Jamil Mahuad.
A su vez consideró que para controlar el tema de las drogas, que actualmente causa altos niveles de violencia en todo el país, es urgente reducir la producción, pero sólo se hará frenando el consumo; además de concretar la cooperación internacional.
En entrevista con El Heraldo de Chihuahua, Mahuad habló además sobre las campañas electorales, destacando que la principal herramienta de triunfo es basar el trabajo en los votantes y no sólo en lo que dice el adversario, ya que el candidato necesita aplausos, no rivales.
Al tocar el tema de la violencia en general, el también profesor de seminarios para ejecutivos en la Universidad de Harvard ejemplificó con el histórico tratado de paz entre Ecuador y Perú, destacando que el éxito de este documento consistió en que se encontró un mecanismo que dejó a salvo el orgullo nacional e historia de ambos países.
Para ello -dijo Mahuad- es necesario creer en la paz como un mecanismo de solución, y recordó la frase de Mahatma Gandhi: "No hay caminos por la paz, ya que la paz es el camino".
Al pedirle su opinión como un claro representante de la paz, sobre la actual situación que enfrenta el estado de Chihuahua en materia de violencia por la disputa del narcotráfico, Jamil Mahuad comentó que cualquier lucha debe ser programada y para controlar el tema de la droga es necesario que exista la reducción de estupefacientes, pero a la vez el propio consumo, señalando que no existen vendedores sin compradores.
Asimismo dijo que para este combate es necesario fomentar la cooperación internacional, además de precisar los países involucrados en la historia previa a la problemática actual.
"Los seres humanos quieren paz, pero en ocasiones adoptan actitudes de violencia por el propio temor e inseguridad. La violencia es algo natural, pero al no tener otra opción se convierte en un estado de defensa que muchos perciben como el único mecanismo para sobrevivir", explicó el expresidente.
Agregó que la ciudadanía cuenta con una memoria colectiva, ya que tiene claro que sí se puede vivir de manera segura, por lo cual es necesario crear una atmósfera de seguridad.
"Para problemas complicados se necesitan soluciones complicadas", afirmó el ecuatoriano, dejando en claro que aquel personaje que asegure una solución pronta a la inseguridad no dimensiona correctamente la problemática y caerá en una promesa sin fundamentos claros.
"La paz nace y vive en el corazón y mente de cada persona, motivo por el cual la paz social es simplemente la suma de todas estas paces individuales", consideró Mahuad.
Agregó que para concretar una etapa pasiva, es necesario que las dos partes interesadas (sociedad y Gobierno) se unan en este propósito, ya que se trata de un problema de inseguridad social, donde el Gobierno es parte de la misma, por lo tanto no el único responsable.
Al hablar sobre las campañas electorales, el especialista en política consideró que la principal meta es que el candidato se conecte con el votante, ya que existen "muchos políticos con egos muy grandes y olvidan que la campaña siempre es enfocada a los electores".
Ejemplificó también este tema, señalando que la política en ocasiones se ve como un juego de tenis, donde los candidatos hacen alarde de los dimes y diretes entre sus adversarios, lo cual crea un ambiente de rivalidad que al elector no le interesa para tomar su decisión final.
Para ello resaltó otro ejemplo y dijo que una buena campaña es como los programas de competencias de artistas, donde el mejor gana la aceptación del público a través de aplausos, sin dedicar tiempo a su adversario, sólo a los ciudadanos.
Jamil Mahuad, entonces presidente de Ecuador, fue elegido en 1999 junto a su homólogo de Perú, Alberto Fujimori, como candidato a ganar el Premio Nóbel de la Paz por el tratado entre ambos países para terminar con una guerra de más de 200 años, ante lo cual el entonces presidente de EU, Bill Clinton, opinó que este documento "terminó la última y más antigua fuente de conflictos internacionales en el hemisferio occidental".
El doctor Mahuad visita esta capital para participar en el Taller de Negociación Política, donde participó como uno de los más destacados ponentes.
Nota publicada el 26 de mayo de 2010 en el sitio "El Heraldo de Chihuahua"
http://www.oem.com.mx/elheraldodechihuahua/notas/n1648422.htm

El Museo como Constructor de la Paz


Cultura de Paz
Construcción de la Paz
Mutsuko Murakami entrevista a
IKURO ANZAI, del Museo de la Universidad Ritsumeika de Tokio por la Paz Mundial
Tokio, Japón.
En el mundo existen unos 170 museos de la paz, un tercio de ellos en Japón, un país con una historia belicista que dejó enormes cicatrices en su población, que la llevaron a demandar la construcción de una cultura de paz, explicó a IPS Ikuro Anzai, director honorario de uno de ellos.
El Museo por la Paz Mundial de la Universidad Ritsumeikan de Kyoto es el único de Japón dentro de un centro de educación superior y entre sus actividades está el registrar la historia de las agresiones perpetradas por el país y las trágicas experiencias bélicas.
Anzai, el primer director de este museo y una de las figuras más descollantes en el desarrollo de estos centros en Japón, resaltó el papel que cumplen en lo que denominó como la "alfabetización de la paz" a nivel mundial, que no se limita a la ausencia de guerra sino de todo tipo de violencia y agresión a los derechos humanos y colectivos.
La privada universidad de la antigua capital japonesa pasó de defender la conducta beligerante del país en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) a comprometerse con la promoción de la paz con la fundación del museo en 1992, que desde entonces recibió más de 900.000 visitantes.
Actualmente, este museo es reconocido por sus campañas educativas y programas de colaboración a favor de la paz en Japón y otros países, en un éxito del que es importante motor Anzai, un físico de profesión que fue docente en una facultad de medicina, antes de pasar a enseñar relaciones internacionales en Ritsumeikan, en l986.
Desde entonces, es reconocido internacionalmente por sus estudios por la paz. Ahora es también director emérito del Instituto de Investigación por la Paz Internacional de la Universidad de Nanjing, en China, dedicado a recopilar documentos históricos sobre las atrocidades perpetradas por Japón durante la ocupación en 1937 de esa antigua capital china.
En 2008, el museo de Kyoto organizó la Sexta Conferencia Internacional de Museos por la Paz, que tuvo a Anzai como uno de sus promotores y que contó con 5.000 participantes de más de 50 países.
La primera conferencia de este tipo se realizó en 1992 en la ciudad británica de Bradford y de allí nació la Red Internacional de Museos por la Paz (INMP, por sus siglas en inglés), de cuyo directorio Anzai es miembro.
La próxima conferencia bianual de INMP se realizará este año en Barcelona (España) y la de 2012 en La Haya (Holanda).
En su entrevista con IPS, Anzai analizó la importancia que tienen estos museos a favor de la paz mundial, sus perspectivas y los desafíos que enfrentan.
¿Por qué Japón tiene tantos museos por la paz?
La búsqueda agresiva de la guerra en nuestro país dejó muchas cicatrices, sin mencionar los objetos que nos lo recuerdan. Debido a la guerra y en parte a las trágicas experiencias del pueblo japonés tras los ataques nucleares (por las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki), la gente desarrolló un fuerte impulso de buscar la paz.
En 1978 los japoneses recogieron 30 millones de firmas para la primera Sesión Especial sobre Desarme de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Han sido también una fuerza importante de presión sobre las administraciones de pueblos y ciudades para que se declaren libres de armas nucleares o para que construyan museos de paz. La sociedad civil demostró en serio su capacidad para construir la paz.
Usted dice que estos museos pueden hacer más que documentar y describir los hechos históricos de las guerras y su consiguiente sufrimiento humano. ¿Qué función adicional les corresponde a los museos de la paz entonces?
Promover la "alfabetización de la paz" y contribuir con mayor eficacia a construir la paz en el mundo. Los museos pueden organizar conferencias, exhibir películas, realizar investigaciones y exposiciones itinerantes, entre otras cosas. También podemos armar una red de este tipo de museos en apoyo mutuo de la causa común.
Algunos museos por la paz en Japón realizan préstamos entre sí de objetos de exposición y organizan en conjunto nuevos programas. Hemos invitado a funcionarios y curadores de otros museos de Asia para intercambiar experiencias e ideas. Juntos podemos hacer mucho más que los museos con exposiciones del tipo ‘telaraña’, que sólo esperan atraer a la gente.
¿Qué otros factores condujeron a los museos por la paz en este nuevo rumbo?
Hemos visto la evolución del concepto de la paz desde que en los años 70 lo redefiniera Johan Galtung, académico noruego y fundador de los estudios por la paz.
La paz no es sólo la ausencia de la guerra, dice, sino de toda forma de violencia, privación de los derechos humanos, explotación ambiental y violencia cultural. En nuestro museo pasamos de poner énfasis en una agenda contra la guerra a los estudios más expansivos de la paz. Otros museos también han adoptado esta nueva definición.
¿Qué logró la Conferencia Internacional de Museos por la Paz de 2008? ¿Cuál es el próximo paso?
Además del éxito de la conferencia en sí, nos llevó a armar un marco para su organismo organizador, la INMP. La convertimos en una institución legal, creamos sus estatutos, designamos sus autoridades, su sistema de membresía e instalamos su sede administrativa en La Haya.
Peter van den Dungen, profesor de Estudios por la Paz en la británica Universidad de Bradford, es su coordinador general. Esta institucionalización nos proporciona una base sólida para el desarrollo en el futuro. A través de la INMP podemos fortalecer nuestra unidad, ampliar nuestros estudios por la paz en colaboración con instituciones similares y ayudar a la creación de museos nuevos.
Usted forjó fuertes lazos con el Museo de la Masacre de Nanjing, que exhibe las injusticias cometidas por los militares japoneses en China en 1937. ¿Esfuerzos como el suyo han ayudado en el proceso de reconciliación entre ambos países?
Aunque el Museo de la Masacre de Nanjing, el mayor de su tipo en el mundo, se centra en la masacre y el sufrimiento humano, ahora también hace hincapié en la "creación de la paz". Hay que destacar que se me haya designado a mí, un japonés, como director emérito de su Instituto de Investigación de la Paz Internacional.
Seguiremos trabajando por una reconciliación real. Algún día espero que podamos intercambiar exposiciones entre el Museo de la Masacre de Nanjing y el Museo Conmemorativo de la Paz en Hiroshima.
¿Cuáles son los próximos desafíos para usted?
Me gustaría ver la ampliación del museo en un nuevo complejo, que comprenda a tres museos nuevos. Uno será un Museo de Ciencia y Tecnología por la Paz, en el campus del lago Biwa, en nuestra universidad.
El segundo será un Museo de Comprensión Internacional de la Paz, en la Universidad Ritsumeikan de Asia-Pacífico. Y el tercero, un museo de Recursos Digitales para la Educación por la Paz, en las escuelas de educación primaria y secundaria relacionadas con la universidad.
Publicado el 7 de Enero de 2010 en el sitio "IPS Noticias.net"
http://ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=94361

Johan Galtung. El Mediador de los Dos mil Conflictos


Mediación para la Paz
Resolución Pacífica de Conflictos
Cultura de Paz
Derechos Humanos

A comienzos de noviembre el teórico noruego Johan Galtung aterrizó en Buenos Aires, invitado por la ONG Respuesta para la Paz, para dictar el seminario “Transformación pacífica de conflictos”. Mediador en más de dos mil conflictosSri Lanka, Afganistán, Yugoslavia, Perú y Ecuador, el Norte del Cáucaso y Medio Oriente, entre otros–, fundador del Centro de Estudios para la Paz en Oslo y Premio Nobel de la Paz Alternativo en 1987, Galtung es uno de los referentes obligados para entender hacia dónde vamos. Entre sus propuestas más innovadoras y elogiadas figura la creación de un Parlamento mundial e instaurar la mediación como una materia de carácter curricular en todos los colegios. Veintitrés Internacional aprovechó su visita para conversar sobre el destino de la Unión Europea y la hegemonía norteamericana; el conflicto en Medio Oriente y el rol que deberían ocupar los medios de comunicación. A pesar de este background, algunas de sus respuestas pueden resultar sorprendentes.
–En una entrevista que le realizaron en el diario El País en 2001 usted decía que auguraba “un fin de la hegemonía norteamericana”. Con el devenir de la crisis financiera, ¿qué lectura hace de Estados Unidos hacia el futuro?
–Estados Unidos intenta seguir siendo un imperio que combina poder militar, económico, cultural y político pero eso ya no es posible dado que hoy sus dirigentes son sumamente inseguros y no saben cómo resolver los conflictos. Su poder ha desaparecido y su rol terminará en el 2020. A partir de ese año Estados Unidos se convertirá en un país limitado y sus dirigentes no tendrán otra opción que sentarse a negociar con otras naciones. En 1980 dije que la Unión Soviética y el Muro de Berlín durarían diez años y no me equivoqué. Así como Barack Obama no logró obtener Chicago como sede para los Juegos Olímpicos, no va a tener éxito con nada que se proponga.
–¿China podría ser la nueva potencia mundial?
-No, porque los dirigentes chinos son demasiado arrogantes y piensan que son superiores a este mundo. El único sucesor posible es la Unión Europea.
–¿Serviría que el modelo de la Unión Europea se expanda a otras regiones?
–Si bien muchos países han logrado avanzar desde que ingresaron a la Unión Europea, la región tiene tanto poder que es una amenaza a nivel mundial ya que cuando se convierta en una potencia es posible que intente controlar los viejos territorios colonizados. El principal problema es que tiene una burocracia muy grande con cientos de comités y órganos para tratar todo tipo de asuntos y eso hace imposible encontrar soluciones creativas. Por ejemplo, los miembros manejan muy mal el tema de los piratas fuera de la costa de Somalia. Es verdad que los piratas cometen crímenes internacionales pero también la UE comete crímenes: sus barcos pescadores se han llevado absolutamente todo el alimento y no dejan nada para los pequeños pescadores somalíes, y encima los llenan de basura tóxica nuclear durante la noche. Debe haber cooperación entre la UE y la Unión Africana para vigilar la costa de Somalia, decidir sobre el pescado y sobre la basura tóxica. Mi esperanza no es la UE sino las Naciones Unidas.
–Una de sus teorías más elogiadas es la del Parlamento mundial. ¿Imagina un plenario donde Venezuela, Irán, Israel y Estados Unidos se pudieran poner de acuerdo?
El parlamentarismo tiene sus aspectos positivos pero si se encarna mal puede convertirse en una dictadura con muchísimas tropas que accionen cuando algo no vaya bien. En democracia suelen existir partidos de derecha y de izquierda; en Europa, cada vez que hay elecciones y cambia el gobierno, asume un partido que intenta eliminar todo lo que ha hecho su antecesor. Hay un solo país que lo hace de manera diferente y es Suiza, que tiene permanentemente partidos de coalición y de vez en cuando salen cosas creativas. Yo estoy seguro de que en el futuro habrá un Parlamento mundial, un árbitro que intervenga en el curso de la historia. Es la conclusión lógica luego de las innovaciones de comunicación y de transporte que existen hoy en día donde los Estados están cada vez más limitados, tienen menos poder y surgen otros actores que tienen acceso a dialogar con cualquiera persona de cualquier parte del mundo. Mi anhelo es que el gobierno mundial sea de tipo suizo. Ahí podrían dialogar israelíes, iraníes, venezolanos y estadounidenses.
–¿Cuáles son los pasos a seguir en una mediación?
–Tengo un método muy preciso para ver la alternativa a la violencia: conocer los objetivos particulares de las dos partes, analizar si son objetivos legítimos y encontrar un puente que trascienda ambas posiciones y beneficie en alguna medida a todos los actores. Lo más importante y la clave para terminar con la violencia son las soluciones creativas. Hace algunos años un hombre de negocios y su mujer, fanática del budismo, me contrataron como mediador porque estaban a punto de iniciar el divorcio. Yo sugerí que pongan una tienda para libros budistas. La tienda existe y le va muy bien.
–¿Tiene algún mediador preferido?
–Tengo varios pero los principales son el político ruso Mijail Sergéyevich Gorbachov, los africanos Nelson Mandela y Desmond Mpilo Tutu y el argentino Adolfo Pérez Esquivel.
–Entre sus últimos libros está Reporteando conflictos, en donde analiza cómo alcanzar un periodismo de paz. ¿Cree que los medios de comunicación son siempre desfavorables a la mediación?
En los medios sólo encuentran su lugar las cosas malas y divertidas. Yo le echo la culpa a Aristóteles que planteó que el drama se divide en tragedia y comedia, así como los medios sólo cubren malas noticias y humor. Lo que yo propongo es la “transendia”, es decir, que también sean noticia los esfuerzos por encontrar una solución. A diferencia de las novelas occidentales, las chinas también terminan bien pero no al estilo de hollywoodense sino con la pelea humana para lograr los objetivos. Transendia es el esfuerzo en ver dónde está el problema y resolverlo.
–¿Hoy nos acercamos a alcanzar una paz real y duradera o esto sigue siendo una utopía?
–La paz no es una utopía sino algo realizable a partir de la resolución de conflictos. También es cierto que cada vez las armas son más destructivas y hay una amenaza más fuerte del uso de estas. Esto está vinculado a la educación, la democracia y los derechos humanos ya que por ejemplo en el mundo hay muchísima gente que ahora tiene conciencia de sus derechos, ve que no es representada en las instituciones democráticas y actúa frente a ellas. Al mismo tiempo, las armas son muy baratas: ¡se pueden alquilar! Si vamos treinta años para atrás, el nivel de educación era mucho más bajo y nuestra conciencia mucho menos desarrollada. Incluso me sorprende que no haya más revoluciones violentas. La educación afín para alcanzar la paz está ausente en Estados Unidos, en los países musulmanes y en el mundo en general. La Mediación de conflictos debería ser una asignatura de carácter obligatorio en todas las escuelas para luego naturalizarse y empezar a formar parte de la rutina, así como lavarse las manos o cepillarse los dientes. Actualmente estamos realizando un experimento en una escuela noruega y vemos que los niños entienden inmediatamente cómo resolver conflictos. El problema son los padres y de vez en cuando los profesores.
–Cuando uno compara la historia española y la argentina ve que ambos países salieron de gobiernos dictatoriales con transiciones democráticas pero mientras España decidió mirar para adelante, la Argentina decidió hacer juicio y castigo a los culpables. ¿Qué camino es mejor para que el país avance?
–Para los conflictos del presente tenemos mediación, para los del pasado tenemos reconciliación y para las situaciones futuras tenemos una cultura de paz. No hay una fórmula, cada país debe analizar cuál es la mejor forma de avanzar sin rencor. Lo más importante no es el tiempo sino resolver el conflicto realmente, sin poner parches. En la Argentina había un conflicto entre dos visiones mundiales: una visión maoísta y una visión autócrata, peronista. Había un choque entre ellas y la solución no fue ni una ni la otra sino un sistema relativamente demócrata con un tipo de capitalismo social. Cuando yo dicto clases en España y les pregunto a los estudiantes quién ganó, muy pocos entienden que no ganó absolutamente nadie. No se puede hablar de reconciliación sin solución ya que eso es pacificación. En la Argentina no se puede hablar solamente de los crímenes de los militares sino también de los maoístas. Ellos también han hecho sus crímenes, por lo que no hay que demonizar solamente a los militares.
Si uno analiza la II Guerra Mundial o incluso las sucesivas guerras de la independencia, podría pensar que hay guerras justas. ¿La ausencia de conflictos podría frenar el curso de la historia?
–No existen las guerras justas ya que siempre existe algún camino para evitar la violencia. Los derechos humanos y las necesidades básicas son los verdaderos mediadores en los conflictos. De vez en cuando hay agresiones pero no en la mayoría de los casos. En general los seres humanos tienen quejas pero encuentran soluciones. El 99 por ciento del tiempo los hombres son pacifistas. El diálogo es una palabra muy buena y muy linda pero hay que saber utilizarlo. Por ejemplo, cuando estuve mediando entre Perú y Ecuador sugerí que los dos países tenían que tener acceso al territorio en disputa, que se debía construir un parque natural común en la zona. El acuerdo se firmó en 1999. Hay que saber, hay que tener esa idea en la mente, conocer la historia de las partes y pensar soluciones innovadoras. También existen muchas personas que prefieren la guerra porque están convencidos de que van a vencer y obtener el ciento por ciento de lo que reclaman.
–¿Es también un negocio?
–No veo cómo el sufrimiento de alguien puede ser un negocio. Eso no quiere decir que una violencia limitada pueda ser en algunos casos lo menos mal. Cuando hay una violencia estructural o directa, cuando todos los esfuerzos de mediación fueron agotados y cuando la aplicación de violencia es mínima, infelizmente no queda otra solución.
Nota de Deborah Maniowicz, publicada el 15 de Diciembre de 2009 en el sitio "El Argenitno.com"
http://www.elargentino.com/nota-68964-El-hombre-que-estudia-la-paz.html

Declaraciones de Obama al recibir el premio Nobel de la Paz




Cultura de Paz
Paz

Transcripción de las declaraciones de Obama en su discurso de aceptación del premio Nobel de la Paz en Oslo, Noruega.
"Sus Majestades, Sus Altezas Reales, distinguidos miembros del Comité Nobel de Noruega, ciudadanos de Estados Unidos y ciudadanos del mundo:
Recibo este honor con profunda gratitud y gran humildad. Es un premio que habla sobre nuestras mayores aspiraciones: que a pesar de toda la crueldad y las adversidades de nuestro mundo, no somos simples prisioneros del destino. Nuestros actos tienen importancia y pueden cambiar el rumbo de la historia y llevarla por el camino de la justicia.
Sin embargo, sería una negligencia no reconocer la considerable controversia que su generosa decisión ha generado. En parte, esto se debe a que estoy al inicio y no al final de mis labores en la escena mundial. En comparación con algunos de los gigantes de la historia que han recibido este premio Schweitzer y King; Marshall y Mandela mis logros son pequeños. Y luego hay hombres y mujeres alrededor del mundo que han sido encarcelados y golpeados en su búsqueda de la justicia; gente que trabaja en organizaciones humanitarias para aliviar el sufrimiento; millones en el anonimato cuyos silenciosos actos de valentía y compasión inspiran incluso a los cínicos más empedernidos. No puedo contradecir a quienes piensan que estos hombres y mujeres –algunos conocidos, otros desconocidos para todos excepto para quienes reciben su ayuda– merecen este honor muchísimo más que yo.
Pero quizá el asunto más controversial en torno a mi aceptación de este premio es el hecho de que soy Comandante en Jefe de un ejército de un país en medio de dos guerras. Una de esas guerras está llegando a su fin. La otra es un conflicto que Estados Unidos no buscó; uno en que se nos suman otros cuarenta y dos otros países –incluida Noruega– en un esfuerzo por defendernos y defender a todas las naciones de ataques futuros.
De todos modos, estamos en guerra, y soy responsable por desplegar a miles de jóvenes a pelear en un país distante. Algunos matarán. A otros los matarán. Por lo tanto, vengo aquí con un agudo sentido del costo del conflicto armado, lleno de difíciles interrogantes sobre la relación entre la guerra y la paz, y nuestro esfuerzo por reemplazar una por la otra.
Bueno, estas interrogantes no son nuevas. La guerra, de una forma u otra, surgió con el primer hombre. En los albores de la historia, no se cuestionaba su moralidad; simplemente era un hecho, como la sequía o la enfermedad, la manera en que las tribus y luego las civilizaciones buscaban el poder y resolvían sus discrepancias.
Y con el tiempo, a medida que los códigos legales procuraban controlar la violencia dentro de los grupos, los filósofos, clérigos y estadistas también procuraban controlar el poder destructivo de la guerra. Surgió el concepto de “guerra justa”, que proponía que la guerra solamente se justifica cuando cumple con ciertas condiciones previas: si se libra como último recurso o en defensa propia; si la fuerza utilizada es proporcional y, en la medida posible, si no se somete a civiles a la violencia.
Por supuesto, sabemos que durante gran parte de la historia, se ha cumplido pocas veces con este concepto de guerra justa. La capacidad de los seres humanos de idear nuevas maneras de matarse unos a los otros resultó ser inagotable, como también nuestra capacidad para tratar sin ninguna piedad a quienes no lucen como nosotros o le rinden culto a un Dios diferente. Las guerras entre ejércitos dieron lugar a guerras entre naciones: guerras totales en que la distinción entre combatiente y civil se volvía borrosa. En el transcurso de treinta años, este continente se sumió dos veces en matanzas de ese tipo. Y aunque es difícil pensar en una causa más justa que la derrota del Tercer Reich y las potencias del Eje, la Segunda Guerra Mundial fue un conflicto en el que el número total de civiles que murieron superó al de soldados que perecieron.
Como consecuencia de esa destrucción y con la llegada de la era nuclear, quedó claro para vencedores y vencidos, por igual, que el mundo necesitaba instituciones para evitar otra guerra mundial. Y, entonces, un cuarto de siglo después de que el Senado de Estados Unidos rechazara la Liga de Naciones, una idea por la cual Woodrow Wilson recibió este premio, Estados Unidos lideró al mundo en el desarrollo de una estructura para mantener la paz: un Plan Marshall y Naciones Unidas, mecanismos para regir la manera en la que se libran guerras, los tratados para proteger los derechos humanos, evitar el genocidio y restringir las armas más peligrosas.
De muchas maneras, estos esfuerzos fueron exitosos. Sí, se han librado guerras terribles y se han cometido atrocidades.
Pero no ha habido una Tercera Guerra Mundial. La Guerra Fría concluyó con una muchedumbre jubilosa que derrumbó un muro. El comercio tejió lazos entre gran parte del mundo. Miles de millones han salido de la pobreza. Los ideales de libertad, autonomía, igualdad y el imperio de la ley han avanzado a tropezones. Somos los herederos de la fortaleza y previsión de generaciones pasadas, y es un legado por el cual mi propio país legítimamente siente orgullo.
Pero aún así, transcurrida una década del nuevo siglo, esta antigua estructura está cediendo ante el peso de nuevas amenazas. El mundo quizá ya no se estremezca ante la posibilidad de guerra entre dos superpotencias nucleares, pero la proliferación puede aumentar el peligro de catástrofes. El terrorismo no es una táctica nueva, pero la tecnología moderna permite que unos cuantos hombres insignificantes con enorme ira asesinen a inocentes a una escala horrorosa.
Es más, las guerras entre naciones con mayor frecuencia han sido reemplazadas por guerras dentro de naciones. El resurgimiento de conflictos étnicos o sectarios; el aumento de movimientos secesionistas, las insurgencias y los estados fallidos – todas estas cosas progresivamente han atrapado a civiles en un caos interminable. En las guerras de hoy, mueren muchos más civiles que soldados; se siembran las semillas de conflictos futuros, las economías se destruyen; las sociedades civiles se parten en pedazos, se acumulan refugiados y los niños quedan marcados de por vida.
No traigo hoy una solución definitiva a los problemas de la guerra. Lo que sí sé es que hacerles frente a estos desafíos requerirá la misma visión, arduo esfuerzo y perseverancia de aquellos hombres y mujeres que actuaron tan audazmente hace varias décadas. Y requerirá que repensemos la noción de guerra justa y los imperativos de una paz justa.
Debemos comenzar por reconocer el difícil hecho de que no erradicaremos el conflicto violento en nuestra época.
Habrá ocasiones en las que las naciones, actuando individual o conjuntamente, concluirán que el uso de la fuerza no sólo es necesario sino también justificado moralmente.
Hago esta afirmación consciente de lo que Martin Luther King dijo en esta misma ceremonia hace años: “La violencia nunca produce paz permanente. No resuelve los problemas sociales: simplemente crea problemas nuevos y más complicados”. Como alguien que está parado aquí como consecuencia directa de la labor a la que el Dr. King le dedicó la vida, soy prueba viviente de la fuerza moral de la no violencia. Sé que no hay nada débil, nada pasivo, nada ingenuo en las convicciones y vida de Gandhi y King.
Pero en mi calidad de jefe de Estado que juró proteger y defender a mi país, no me puede guiar solamente su ejemplo. Enfrento al mundo como lo es, y no puedo cruzarme de brazos ante amenazas contra estadounidenses. Que no quede la menor duda: la maldad sí existe en el mundo. Un movimiento no violento no podría haber detenido los ejércitos de Hitler. La negociación no puede convencer a los líderes de Al Qaida a deponer las armas. Decir que la fuerza es a veces necesaria no es un llamado al cinismo; es reconocer la historia, las imperfecciones del hombre y los límites de la razón.
Menciono este punto, comienzo con este punto porque en muchos países hoy en día hay un profundo cuestionamiento del accionar militar, independientemente de la causa. Y a veces, a esto se suma una suspicacia automática por tratarse de Estados Unidos, la única superpotencia militar del mundo.
Sin embargo el mundo debe recordar que no fueron simplemente las instituciones internacionales –no sólo los tratados y las declaraciones– los que le dieron estabilidad al mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Independientemente de los errores que hayamos cometido, hay un hecho clarísimo: Estados Unidos de Norteamérica ha ayudado a garantizar la seguridad mundial durante más de seis décadas con la sangre de nuestros ciudadanos y el poderío de nuestras armas. El servicio y sacrificio de nuestros hombres y mujeres de uniforme han promovido la paz y prosperidad desde Alemania hasta Corea, y permitido que la democracia eche raíces en lugares como los países balcánicos. Hemos sobrellevado esta carga no porque queremos imponer nuestra voluntad. Lo hemos hecho por un interés propio y bien informado: porque queremos un futuro mejor para nuestros hijos y nietos, y creemos que su vida será mejor si los hijos y nietos de otras personas pueden vivir en libertad y prosperidad.
Entonces, sí, los instrumentos de la guerra tienen un papel en mantener la paz. Sin embargo, este hecho debe coexistir con otro: que independientemente de cuán justificada, la guerra conlleva tragedia humana. La valentía y el sacrificio del soldado están llenos de gloria, expresan devoción por la patria, la causa y los compañeros de armas. Pero la propia guerra nunca es gloriosa, y nunca debemos exaltarla como si lo fuera.
Entonces, parte de nuestro desafío es reconciliar estos dos hechos aparentemente irreconciliables: que la guerra a veces es necesaria y que la guerra es, de cierta manera, una expresión de desatino humano. Concretamente, debemos dirigir nuestros esfuerzos a la tarea que el Presidente Kennedy propuso hace tiempo. “Concentrémonos”, dijo, “en una paz más práctica, más alcanzable, basada no en una revolución repentina de la naturaleza humana, sino una evolución gradual de las instituciones humanas”. Una evolución gradual de las instituciones humanas.
¿Qué apariencia cobraría esta evolución? ¿Cuáles podrían ser estas medidas prácticas?
Para comenzar, considero que todos los países, tanto fuertes como débiles, deben cumplir con estándares que rigen el uso de fuerza. Yo, como cualquier jefe de Estado, me reservo el derecho de actuar unilateralmente si es necesario para defender a mi país. No obstante, estoy convencido de que cumplir con estándares, estándares internacionales, fortalece a quienes lo hacen y aísla –y debilita– a quienes no.
El mundo respaldó a Estados Unidos tras los ataques del 11 de septiembre y continúa apoyando nuestros esfuerzos en Afganistán, debido al horror de esos atentados sin sentido y el principio reconocido de defensa propia. De la misma manera, el mundo reconoció la necesidad de confrontar a Sadam Husein cuando invadió Kuwait, un consenso que envió un mensaje claro a todos sobre el precio de la agresión.
Es más, Estados Unidos -- de hecho ningún país -- puede insistir en que otros sigan las normas si nosotros nos rehusamos a seguirlas. Pues cuando no lo hacemos, nuestros actos pueden parecer arbitrarios y menoscabar la legitimidad de intervenciones futuras, por más justificadas que sean.
Esto pasa a ser particularmente importante cuando el propósito de la acción militar se extiende más allá de la defensa propia o la defensa de una nación contra un agresor. Más y más, todos enfrentamos difíciles interrogantes sobre cómo evitar la matanza de civiles por su propio gobierno o detener una guerra civil que puede sumir a toda una región en violencia y sufrimiento.
Creo que se puede justificar la fuerza por motivos humanitarios, como fue el caso en los países balcánicos o en otros lugares afectados por la guerra. La inacción carcome nuestra conciencia y puede resultar en una intervención posterior más costosa. Es por eso que todos los países responsables deben aceptar la noción de que las fuerzas armadas con un mandato claro pueden ejercer una función en el mantenimiento de la paz.
El compromiso de Estados Unidos con la seguridad mundial nunca flaqueará. Pero en un mundo en que las amenazas son más difusas y las misiones más complejas, Estados Unidos no puede actuar solo. Estados Unidos por su cuenta no puede lograr la paz. Ése es el caso en Afganistán. Es el caso en estados fallidos como Somalia, donde el terrorismo y la piratería van de la mano con la hambruna y el sufrimiento humano. Y lamentablemente, seguirá siendo la realidad en regiones inestables en el futuro.
Los líderes y soldados de los países de la OTAN –y otros amigos y aliados– demuestran este hecho por medio de la habilidad y valentía que han mostrado en Afganistán. Pero en muchos países, hay una brecha entre los esfuerzos de los militares y la opinión ambivalente del público en general. Comprendo por qué la guerra no es popular. Pero también sé lo siguiente: la convicción de que la paz es deseable rara vez es suficiente para lograrla. La paz requiere responsabilidad. La paz conlleva sacrificio. Es por eso que la OTAN continúa siendo indispensable. Es por eso que debemos reforzar esfuerzos de mantenimiento de la paz a nivel regional y por la ONU, y no dejar la tarea en manos de unos cuantos países. Es por eso que les rendimos homenaje a quienes regresan a casa de misiones de mantenimiento de la paz y entrenamiento en el extranjero, en Oslo y Roma; Ottawa y Sydney; Dhaka y Kigali; los homenajeamos no como artífices de guerra sino como promotores, como promotores de la paz.
Permítanme un punto final sobre el uso de la fuerza. Incluso mientras tomamos decisiones difíciles sobre ir a guerra, también debemos pensar claramente sobre cómo librarla. El Comité del Nóbel reconoció este hecho al otorgar su primer premio de paz a Henry Dunant, el fundador de la Cruz Roja, y un promotor del Tratado de Ginebra.
Cuando la fuerza es necesaria, tenemos un interés moral y estratégico en obligarnos a cumplir con ciertas normas de conducta.
Incluso cuando enfrentamos crueles adversarios que no cumplen con ninguna regla, creo que Estados Unidos de Norteamérica debe seguir dando el ejemplo respecto a estándares en conducta de guerra. Eso es lo que nos diferencia de quienes combatimos. Ésa es la fuente de nuestra fuerza. Es por eso que prohibí la tortura. Es por eso que ordené que se clausure la prisión en la Bahía de Guantánamo. Y es por eso que he reiterado el compromiso de Estados Unidos de cumplir con el Tratado de Ginebra. Perdemos nuestra identidad cuando no cumplimos los ideales mismos que estamos luchando por defender. Y honramos – honramos dichos ideales al cumplir con ellos no sólo cuando es fácil, sino cuando es difícil.
He hablado extensamente sobre asuntos que debemos sopesar con la razón y el corazón cuando optamos por librar guerra. Pero permítanme pasar ahora a nuestro esfuerzo por evitar opciones tan trágicas y hablar sobre tres maneras en que podemos promover una paz justa y duradera.
En primer lugar, al tratar con aquellos países que trasgreden normas y leyes, creo que debemos desarrollar alternativas a la violencia que son suficientemente firmes como para cambiar la conducta, pues si queremos una paz duradera, entonces las palabras de la comunidad internacional deben tener peso. Se debe hacer que aquellos regímenes que van en contra de las normas rindan cuentas por sus actos. Las sanciones deben conllevar un escarmiento real. La intransigencia debe combatirse con mayor presión, y esa presión existe sólo cuando el mundo actúa al unísono.
Un ejemplo urgente es el esfuerzo por evitar la proliferación de armas nucleares y lograr un mundo sin ellas. A mediados del siglo pasado, las naciones acordaron regirse por un tratado con un objetivo claro: todos tendrán acceso a la energía nuclear pacífica; quienes no tienen armas nucleares deben renunciar a ellas, y quienes tienen armas nucleares deben procurar el desarme. Me he comprometido a plasmar este tratado. Es el eje de mi política exterior. Y estoy trabajando con el Presidente Medvedev para reducir las reservas de armas nucleares de Estados Unidos y Rusia.
Pero también nos incumbe a todos insistir en que países como Irán y Corea del Norte no jueguen con el sistema. Quienes afirman respetar las leyes internacionales no deben hacer caso omiso de cuando se incumplen dichas leyes. Quienes se interesan por su propia seguridad no pueden cerrar los ojos ante el peligro de una carrera armamentista en el Oriente Medio o el Extremo Oriente. Quienes procuran la paz no pueden permanecer cruzados de brazos mientras los países se arman para una guerra nuclear.
El mismo principio se aplica a quienes incumplen con las leyes internacionales al tratar brutalmente a su propio pueblo. Cuando hay genocidio en Darfur; violaciones sistemáticas en el Congo, o represión en Birmania, deben haber consecuencias. Sí, habrá acercamiento; sí, habrá diplomacia – pero tienen que haber consecuencias cuando esas cosas fallen. Y mientras más unidos estemos, menores las probabilidades de que nos veamos forzados a escoger entre la intervención armada y la complicidad con la opresión.
Esto me lleva al segundo punto: el tipo de paz que buscamos. Pues la paz no es simplemente la ausencia de un conflicto visible. Solamente una paz justa y basada en los derechos inherentes y la dignidad de todas las personas realmente puede ser perdurable.
Fue este entendimiento lo que motivó a quienes redactaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos después de la Segunda Guerra Mundial. Tras la devastación, reconocieron que si no se protegen los derechos humanos, la paz es una promesa vana.
Sin embargo, con demasiada frecuencia, se ignoran estas palabras. En algunos países, la excusa para no defender los derechos humanos es la falsa sugerencia de que éstos son principios occidentales, extraños a culturas locales o etapas de desarrollo de una nación. Y dentro de Estados Unidos, desde hace tiempo existe tensión entre quienes se describen como realistas o idealistas, una tensión que polariza las opciones: una mera lucha en defensa de nuestros intereses o una campaña interminable por imponer nuestros valores alrededor del mundo.
Rechazo estas opciones. Creo que la paz es inestable cuando se les niega a los ciudadanos el derecho a hablar libremente o practicar su religión como deseen; escoger a sus propios líderes o congregarse sin temor. Los agravios que no se ventilan empeoran, y la supresión de identidad tribal y religiosa puede llevar a la violencia. También sabemos que lo opuesto es cierto. Sólo cuando Europa obtuvo la libertad pudo finalmente encontrar la paz. Estados Unidos nunca ha librado una guerra contra una democracia, y nuestros amigos más cercanos son los gobiernos que protegen los derechos de sus ciudadanos. Independientemente de la frialdad con que se definan, no se satisfacen los intereses de Estados Unidos ni del mundo con la negación de las aspiraciones humanas.
Entonces, incluso mientras respetamos las culturas y tradiciones particulares de diferentes países, Estados Unidos siempre será una voz para las aspiraciones universales. Daremos testimonio de la silenciosa dignidad de reformistas como Aung Sang Suu Kyi; de la valentía de los zimbabuenses que emitieron sus votos a pesar de golpizas; de los cientos de miles que han marchado silenciosamente por las calles de Irán. Dice mucho el que los líderes de estos gobiernos les teman a las aspiraciones de sus propios pobladores más que al poder de cualquier otra nación. Y es la responsabilidad de todas las personas libres y los países libres dejarles en claro a estos movimientos que la esperanza y la historia están de su lado.
Permítanme decir esto también: la promoción de los derechos humanos no puede limitarse a la exhortación. A veces, debe ir acompañada de laboriosa diplomacia. Sé que el trato con regímenes represivos carece de la grata pureza de la indignación. Pero también sé que las sanciones sin esfuerzos de alcance –y la condena sin discusión– pueden mantener un status quo agobiante. Ningún régimen represivo puede ir por un nuevo sendero a no ser que tenga la opción de una puerta abierta.
En vista de los horrores de la Revolución Cultural, la reunión de Nixon con Mao parecía inexcusable, pero no hay duda de que ayudó a llevar a China por un camino en el cual millones de sus ciudadanos han podido salir de la pobreza y conectarse con sociedades abiertas. Los lazos del Papa Juan Pablo con Polonia creó un espacio no sólo para la Iglesia Católica sino también para líderes sindicales como Lech Walesa. Los esfuerzos de Ronald Reagan por el control de armas y la aceptación de la perestroika no sólo mejoraron las relaciones con la Unión Soviética sino que les otorgó poder a disidentes en toda Europa Oriental. No existe una fórmula simple. Pero debemos tratar de hacer lo posible por mantener el equilibrio entre el ostracismo y la negociación; la presión y los incentivos, de manera que se promuevan los derechos humanos y la dignidad con el transcurso del tiempo.
En tercer lugar, una paz justa incluye no sólo derechos civiles y políticos, sino que debe abarcar la seguridad económica y las oportunidades, pues la paz verdadera no es solamente la falta de temor, sino también la falta de privaciones.
No hay duda de que el desarrollo rara vez echa raíces sin seguridad; también es cierto que la seguridad no existe cuando los seres humanos no tienen acceso a suficiente alimento, el agua potable o los medicamentos que necesitan para sobrevivir. No existe cuando los niños no pueden aspirar a una buena educación o un empleo decente que mantenga a una familia. La falta de esperanza puede corromper a una sociedad desde su interior.
Y es por eso que ayudar a los agricultores a alimentar a su propia gente, o a los países a educar a sus niños y a cuidar a los enfermos no es simplemente caridad. También es el motivo por el cual el mundo debe unirse para hacerle frente al cambio climático. Hay pocos científicos que no estén de acuerdo en que si no hacemos algo, enfrentaremos más sequías, hambruna y desplazamientos masivos que alimentarán más conflictos durante décadas. Por este motivo, no son sólo los científicos y activistas los que proponen medidas prontas y enérgicas; también lo hacen los líderes militares de mi país y otros que comprenden que nuestra seguridad común está en juego.
Acuerdos entre naciones. Instituciones sólidas. Apoyo a los derechos humanos. Inversiones en desarrollo. Todos éstos son ingredientes vitales para propiciar la evolución de la cual habló el Presidente Kennedy. Sin embargo, no creo que tendremos la voluntad, la determinación o la resistencia para concluir esta labor sin algo más: esto es, la expansión continua de nuestra imaginación moral; una insistencia en que hay algo intrínseco que todos compartimos.
Al reducirse el mundo, uno pensaría que iba a ser más fácil que los seres humanos reconozcamos lo similares que somos; que comprendamos que todos nosotros queremos básicamente lo mismo; que todos anhelamos la oportunidad de vivir con cierto grado de felicidad y satisfacción para nosotros y nuestra familia.
Sin embargo, dado el vertiginoso ritmo de la globalización y la homogenización cultural promovida por la modernidad, no debería sorprendernos que la gente tema perder lo que aprecia de su identidad particular: su raza, su tribu y quizá más que nada, su religión. En algunos lugares, este temor ha producido conflictos. A veces, incluso parecemos estar retrocediendo. Lo vemos en el Oriente Medio, donde el conflicto entre árabes y judíos parece estar agravándose. Lo vemos en los países donde las divisiones tribales causan estragos.
Y más peligroso aun, lo vemos en la manera en que se usa la religión para justificar el asesinato de inocentes por personas que han distorsionado y profanado la gran religión del Islam, y que atacaron a mi país desde Afganistán. Estos extremistas no son los primeros en matar en nombre de Dios; hay amplia constancia de las atrocidades de las Cruzadas. Pero nos recuerdan que ninguna Guerra Santa puede ser jamás una guerra justa, pues si uno realmente cree que cumple con la voluntad divina, entonces no hay necesidad de templanza, no hay necesidad de perdonarle la vida a una madre embarazada o a un asistente médico, o trabajador de la Cruz Roja, ni siquiera a una persona de la misma religión. Una perspectiva tan distorsionada de la religión no sólo es incompatible con el concepto de la paz, sino también creo que es incompatible con el propósito de la fe, pues la regla de vital importancia en todas las principales religiones es tratar a los demás como te gustaría que te traten a ti.
Cumplir con esta ley de amor siempre ha sido el foco en la lucha de la naturaleza humana. No somos infalibles. Cometemos errores y caemos presa de las tentaciones del orgullo y el poder, y a veces la maldad. Incluso aquellos de nosotros con las mejores intenciones a veces dejamos de rectificar los errores ante nosotros.
Pero no tenemos que pensar que la naturaleza humana es perfecta para continuar creyendo que se puede perfeccionar la condición humana.
No tenemos que vivir en un mundo idealizado para seguir aspirando a los ideales que lo harían un lugar mejor. La no violencia que practicaban hombres como Gandhi y King quizá no sea práctica o posible en todas las circunstancias, pero el amor que predicaron, su fe en el progreso humano, siempre debe ser la estrella que nos guíe en nuestra travesía.
Pues si perdemos esa fe, si la descartamos como tonta o ingenua, si existe un divorcio entre ésta y las decisiones que tomamos sobre asuntos de guerra y paz… entonces perdemos lo mejor de nuestra humanidad. Perdemos nuestro sentido de lo que se puede lograr. Perdemos nuestro compás moral.
Al igual que las generaciones anteriores a la nuestra, debemos rechazar ese futuro. Como dijo el Dr. King en una ceremonia similar hace tantos años, “Me rehúso a aceptar la desesperanza como la respuesta final a la ambigüedad de la historia. Me rehúso a aceptar la idea de que la realidad actual de la naturaleza humana haga que el hombre sea moralmente incapaz de alcanzar las aspiraciones eternas que siempre enfrenta”.
Aspiremos al mundo que debería existir: esa chispa de divinidad que aún llevamos como inspiración en el alma.
Hoy en algún lugar, en estos precisos momentos, en el mundo como lo es, un soldado ve que alguien lo sobrepasa en potencia de fuego pero permanece firme para mantener la paz. Hoy en algún lugar de este mundo, una joven manifestante aguarda la brutalidad de su gobierno, pero tiene la valentía de seguir marchando. Hoy en algún lugar, una madre enfrenta una pobreza devastadora pero de todos modos se da tiempo para enseñarle a su hijo, junta las pocas monedas que tiene para enviar a ese niño a la escuela porque cree que un mundo cruel todavía puede dar cabida a sus sueños.
Vivamos siguiendo su ejemplo. Podemos reconocer que la opresión siempre estará entre nosotros y aun así, esforzarnos por lograr la justicia. Podemos admitir la inflexibilidad de la depravación y aun así, esforzarnos por lograr la dignidad. De ojos abiertos, podemos comprender que habrá guerras y aun así, esforzarnos por lograr la paz. Podemos hacerlo, pues ésa es la historia del progreso humano; ésa es la esperanza de todo el mundo, y en este momento de desafíos, ésa debe ser nuestra labor aquí en la Tierra.
Muchas gracias."
Publicado el 10 de Diciembre de 2009, en el sitio "America.gov"

Discurso de Obama ante las Naciones Unidas


Paz
Cultura de Paz

Traducción del discurso del presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama ante las Naciones Unidas, el 23 de septiembe del 2009, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, Naciones Unidas, Nueva York, Nueva York.

"Buenos días, señor presidente, señor secretario general, colegas delegados, damas y caballeros, es un honor para mí hablar ante ustedes por primera vez como 44to. presidente de Estados Unidos. Me presento ante ustedes con humildad por la responsabilidad que el pueblo estadounidense me ha encomendado, consciente de los enormes desafíos en nuestro momento en la historia y decidido a actuar amplia y colectivamente en bien de la justicia y la prosperidad en mi país y en el extranjero.
He estado en mi cargo apenas nueve meses, aunque hay días en que eso parece más largo. Estoy muy atento a las expectativas que acompañan a mi presidencia en todo el mundo. Esas expectativas no son acerca de mí. Más bien, se arraigan, me parece, en el descontento con el statu quo que ha permitido que nos definamos cada vez más por nuestras diferencias, y que nuestros problemas nos dejen atrás. Pero también se arraigan en la esperanza, la esperanza en que un cambio real es posible, y la esperanza en que Estados Unidos sea el líder en lograr concretar ese cambio.
Asumí el cargo cuando muchos en el mundo habían llegado a mirar a Estados Unidos con escepticismo y desconfianza. Parte de ello se debía a las percepciones erróneas y e información equivocada sobre mi país. Parte de ello se debía a la oposición a políticas específicas y la creencia de que en ciertas cuestiones críticas Estados Unidos había actuado unilateralmente, sin considerar los intereses de los otros. Y esto ha fomentado una actitud anti estadounidense casi refleja, que con frecuencia ha servido como excusa para la inacción colectiva.
Ahora, como todos ustedes, mi responsabilidad es actuar en el interés de mi nación y de mi pueblo, y nunca pediré disculpas por defender esos intereses. Pero, mi profunda convicción es que en el año 2009, más que en cualquier otro momento de la historia humana, los intereses de las naciones y de los pueblos están compartidos.
Las convicciones religiosas que tenemos en nuestro corazón pueden forjar nuevos lazos entre la gente, o también nos pueden separar. La tecnología que utilicemos puede iluminar el sendero hacia la paz, u oscurecerlo para siempre. La energía que usamos puede sostener nuestro planeta, o destruirlo. Lo que ocurra con la esperanza de un solo niño, en cualquier lugar, puede enriquecer a nuestro mundo, o empobrecerlo.
En este recinto nos congregamos de muchos lugares, pero compartimos un futuro común. Ya no tenemos más el lujo de ser indulgentes con nuestras diferencias y excluir el trabajo que debemos hacer juntos. He llevado este mensaje desde Londres a Ankara; de Puerto España a Moscú; de Accra a El Cairo, y sobre eso hablaré hoy, porque ha llegado el momento en que el mundo avance en una nueva dirección. Debemos aceptar una nueva era de compromiso, en base al interés mutuo y al respeto mutuo, y nuestra labor debe comenzar hoy.
Sabemos que el futuro será forjado en base a los hechos y no sólo las palabras. Los discursos por si solos no resolverán nuestros problemas, se necesitará acción persistente. A aquellos que cuestionan el carácter y la causa de mi nación, les pido que consideren las medidas concretas que hemos tomado en apenas nueve meses.
En mi primer día en la presidencia prohibí, sin excepción ni equívoco, el uso de la tortura por parte de Estados Unidos de América. Ordené el cierre de la prisión en la Bahía de Guantánamo y estamos cumpliendo la difícil tarea de crear un marco de referencia para combatir al extremismo dentro de imperio de la ley. Todas las naciones deben saberlo: Estados Unidos vivirá de acuerdo con sus valores, y dirigiremos con el ejemplo.
Hemos establecido una meta clara y precisa: trabajar con todos los miembros de este organismo para destruir, desmantelar y derrotar a al Qaida y a sus aliados extremistas, una red que ha matado a miles de personas de todos los credos y naciones, y que complotó para hacer volar este mismo edificio. En Afganistán y Pakistán nosotros, y muchas naciones, estamos ayudando a esos gobiernos a desarrollar su capacidad para tomar la delantera en ese esfuerzo, trabajando al mismo tiempo para favorecer la oportunidad y la seguridad de su pueblo.
En Iraq, somos responsables de terminar una guerra. Hemos retirado a las brigadas estadounidenses de combate de las ciudades iraquíes y fijado el plazo para agosto próximo para retirar a todas nuestras brigadas de combate del territorio iraquí. Y dejado bien sentado que ayudaremos a los iraquíes en la transición hacia la responsabilidad plena por su propio futuro, y que mantendremos nuestro compromiso para sacar a todas las tropas estadounidenses para fines del año 2011.
He presentado una agenda amplia para lograr la meta de un mundo sin armas nucleares. En Moscú, Estados Unidos y Rusia anunciamos que juntos aplicaríamos reducciones sustanciales en nuestras ojivas nucleares estratégicas y en las armas para lanzarlas. En la Conferencia del Desarme acordamos un plan de trabajo para negociar y acabar con la producción de materiales fisionables para armas nucleares. Y esta semana mi secretaria de Estado se convertirá en la primera representante principal estadounidense en la Conferencia de Miembros del Tratado para la Prohibición Completa de los Ensayos, que se realiza anualmente.
Al asumir el cargo nombré a un Enviado Especial para la Paz en Oriente Medio, y Estados Unidos ha trabajado con firmeza y agresividad para impulsar la causa de dos estados -- Israel y Palestina -- en donde la paz y la seguridad se arraiguen y se respeten los derechos tanto de israelíes como de palestinos.
Para enfrentar el cambio climático hemos invertido 80.000 millones de dólares en energía limpia. Hemos aumentado de manera sustancial nuestras normas para la eficiencia de los combustibles. Hemos dado nuevos incentivos para la conservación, establecido asociaciones energéticas en todas las Américas y hemos pasado de ser observador a líder en las negociaciones internacionales sobre el clima.
Para superar la crisis económica que afecta a todos los rincones del mundo, hemos trabajado con las naciones del G20 para forjar una respuesta internacional coordinada de más de 2 billones de dólares en estímulo para sacar a la economía mundial del borde del precipicio. Hemos movilizado recursos que ayudaron a evitar que la crisis se extienda a los países en desarrollo. Y nos sumamos a otros para inaugurar la iniciativa de seguridad alimentaria mundial, por 20.000 millones de dólares, que les dará una mano a quienes más lo necesitan, y ayudarlos a que construyan sus propias capacidades.
También hemos reanudado nuestro compromiso con las Naciones Unidas. Hemos pagado nuestras cuentas. Hemos ingresado al Consejo de Derechos Humanos. Hemos firmado la Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidades. Hemos asumido plenamente las Metas de Desarrollo del Milenio. Y planteamos nuestras prioridades aquí, en esta institución, por ejemplo, por medio del la reunión del Consejo de Seguridad que mañana presidiré, sobre no proliferación nuclear y el desarme, y por medio de los temas a los que hoy me referiré.
Esto es lo que ya hemos hecho. Pero esto es apenas el inicio de nuestra labor. Algunas de nuestras medidas han producido resultados. Algunas han sentado las bases para el progreso en el futuro. Pero que no quepa duda alguna: ésta no puede ser una misión exclusiva de Estados Unidos. Quienes solían criticar a Estados Unidos por actuar solo en el mundo no pueden ahora cruzarse de brazos y esperar a que Estados Unidos resuelva solo los problemas del mundo. Hemos procurado –de palabra y obra– una nueva era de participación en el mundo.
Es hora de que todos nosotros asumamos las responsabilidades que nos corresponden en una respuesta mundial a desafíos mundiales.
Si somos francos con nosotros mismos, debemos admitir que no estamos cumpliendo con esa responsabilidad. Consideren el curso que seguiremos si no encaramos el estatus quo: Extremistas que siembran terror en regiones del mundo. Conflictos prolongados y sin tregua. Genocidios y atrocidades masivas. Más y más países con armas nucleares. Deshiele del casquete polar y desolación de poblaciones. Pobreza persistente y pandemias. Digo esto no para infundir temor, sino para presentar los hechos: nuestros actos aún no se ajustan a la magnitud de nuestros desafíos.
Esta entidad fue fundada en la convicción de que las naciones del mundo podrían resolver sus problemas en conjunto. Franklin Roosevelt, que murió antes de ver convertida en realidad su visión para que esta institución se hiciera realidad, lo dijo de esta manera, textualmente:
"La estructura de la paz del mundo no puede ser la tarea de un hombre, o de un partido o de una nación. No puede ser la paz de las grandes naciones, o de las naciones pequeñas. Debe ser la paz que se base en el esfuerzo cooperativo de todo el mundo".
El esfuerzo cooperativo de todo el mundo. Esas palabras resuenan hoy con más verdad que nunca, cuando no es simplemente la paz, sino nuestra misma salud y prosperidad que tenemos en común. Y también sabemos que este organismo está formado por estados soberanos. Y tristemente, aunque no sea una sorpresa, este organismo con frecuencia se ha convertido en el foro para sembrar la discordia en lugar de buscar el terreno común, un lugar para jugar a la política y explotar los reclamos en lugar de resolver problemas. Después de todo, es fácil subir a este podio y culpar a los otros de nuestros problemas, absolviéndonos a nosotros mismos de la responsabilidad de nuestras opciones y nuestras medidas. Cualquiera puede hacer eso. La responsabilidad y el liderazgo exigen mucho más en el siglo XXI.
En una era en la que nuestro destino está compartido, el poder ya no es más un juego en el que uno gana y otro pierde. Ninguna nación puede, o debe tratar de dominar a otra nación. Ningún orden mundial que eleve a una nación, o a un grupo de personas, sobre los demás, tendrá éxito. Las divisiones tradicionales entre las naciones del Sur y del Norte no tienen sentido en un mundo interconectado, ni los alineamientos de naciones enraizados en las hendiduras de la desde tiempo extinta Guerra Fría.
Ha llegado el momento de darse cuenta que los viejos hábitos, los viejos argumentos, son irrelevantes a los desafíos que nuestros pueblos enfrentan. Impulsan a las naciones a actuar en oposición a las mismas metas que dicen perseguir, y a votar, con frecuencia en este organismo, en contra de los intereses de sus propios pueblos. Eso levanta muros entre nosotros y el futuro que nuestros pueblos buscan, y ha llegado el momento para que esas paredes sean derribadas.
Juntos debemos construir nuevas coaliciones para poner puentes sobre las viejas divisiones, coaliciones con diferentes religiones y credos, de norte y sur, este, oeste, negros y morenos.
La opción es nuestra. Podemos ser recordados como la generación que prefirió arrastrar las discusiones del siglo XX al siglo XXI, la que rehusó las opciones difíciles, que rehusó mirar adelante, que fracasó en mantener el paso porque nos definimos por lo que éramos en lugar de para lo que estábamos.
O podemos ser una generación que elija ver el horizonte más allá de las aguas embravecidas de adelante; que se une para servir el interés común de los seres humanos, y que finalmente le dé un significado a la promesa enraizada en el nombre que se le dio a esta institución: las Naciones Unidas.
Ese es el futuro que Estados Unidos quiere, un futuro de paz y prosperidad que solamente podremos alcanzar si reconocemos que todas las naciones tienen derechos, pero que todas las naciones también tienen responsabilidades. Ese es el acuerdo que esto funcione. Y ese debe ser el principio guía para la cooperación internacional.
Permítanme presentar hoy los cuatro pilares que considero que son fundamentales para el futuro que queremos para nuestros hijos:
la no proliferación y el desarme, la promoción de la paz y la seguridad, la preservación de nuestro planeta y una economía mundial que promueva oportunidades para todos los pueblos.
Primero, debemos frenar la propagación de las armas nucleares, y buscar la meta de un mundo sin esas armas.
Esta institución fue establecida en los comienzos de la era atómica, en parte porque se debía refrenar la capacidad del hombre para matar. Durante décadas se pudo evitar el desastre, incluso a la sombra de un duelo entre las superpotencias. Pero actualmente la proliferación está creciendo en alcance y complejidad. Si fallamos y no actuamos estaremos invitando a la carrera de armas nucleares en toda región, y la perspectiva de guerras y actos de terror en una escala que apenas podemos imaginar.
Un consenso frágil se interpone ante este resultado aterrador, y es el acuerdo básico que da forma al Tratado de No Proliferación Nuclear. Señala que todas las naciones tienen derecho a tener energía nuclear con fines pacíficos, que las naciones con armas nucleares tienen la responsabilidad de avanzar hacia el desarme, y aquéllas que no las tengan tienen la responsabilidad de renunciar a ellas. Los próximos 12 meses podrían ser determinantes para ver si este pacto se refuerza o se destruye lentamente.
Estados Unidos se propone a cumplir con la parte del acuerdo que le corresponde. Buscaremos un nuevo acuerdo con Rusia para reducir sustancialmente nuestras ojivas nucleares y lanzadores de las mismas. Seguiremos adelante con la ratificación del Tratado de Prohibición de los Ensayos, y trabajaremos con otros para hacer cumplir el tratado de manera que las pruebas nucleares queden prohibidas permanentemente. Completaremos la Revisión de la Postura Nuclear, que abre la puerta a recortes más profundos y reduce el papel de las armas nucleares. Y pediremos a los países que comiencen negociaciones en enero sobre un tratado para acabar con la producción de material fisionable para las armas.
En abril próximo seré el anfitrión de una cumbre para reiterar la responsabilidad de cada nación de asegurar los materiales nucleares en sus territorios y ayudar a las que no pueden, porque no podemos permitir nunca que un solo artefacto nuclear caiga en manos de un extremista violento. Y trabajaremos para fortalecer las instituciones e iniciativas que combaten el contrabando y robo de material nuclear.
Todo esto debe ser de apoyo a los esfuerzos para reforzar el TNP. Las naciones que se rehúsen a cumplir con sus obligaciones deben enfrentar las consecuencias. Permítanme ser claro, no se trata de señalar a naciones individuales, se trata de proteger los derechos de todas las naciones que cumplen con sus responsabilidades. Porque un mundo en que las inspecciones de la OIEA se evitan y las demandas de las Naciones Unidos se ignoran dejará a la gente menos segura, y a todas las naciones menos seguras.
Con sus actuaciones hasta la fecha, los gobiernos de Corea del Norte e Irán amenazan con arrastrarnos a esa colina peligrosa.
Respetamos sus derechos como miembros de la comunidad de naciones. Ya lo he dicho antes, y lo repetiré, estoy comprometido a una diplomacia que abra una senda hacia una mayor prosperidad y una paz más segura para ambas naciones, si cumplen con sus obligaciones.
Pero si los gobiernos de Irán y Corea del Norte eligen ignorar las normas internacionales; si colocan la búsqueda de armas nucleares por encima de la estabilidad regional y la seguridad y oportunidad para sus propios pueblos; si son indiferentes al peligro de una escalada en la carrera armamentista nuclear, tanto en el este del Asia como en Oriente Medio, entonces se les debe deducir responsabilidades.
El mundo debe mostrarse firme en conjunto para demostrar que la ley internacional no es una promesa vacua, y que los tratados serán aplicados. Tenemos que insistir en que el futuro no le pertenece al miedo.
Esto me lleva al segundo pilar de nuestro futuro: la consecución de la paz.
Las Naciones Unidas nacieron de la convicción de que los pueblos del mundo puedan vivir sus vidas, criar a sus hijos y resolver sus diferencias pacíficamente. Sin embargo, sabemos que en demasiados lugares del mundo este ideal sigue siendo una abstracción, un sueño lejano.
Podemos aceptar ese resultado como algo inevitable y tolerar el conflicto constante y paralizante, o podemos reconocer que el anhelo de paz es universal y reafirmar nuestra determinación de poner fin a los conflictos en todo el mundo.
Ese esfuerzo debe comenzar con una determinación inquebrantable de que el asesinato de hombres, mujeres y niños inocentes nunca se tolerará. En lo que respecta a esto, nadie puede tener -- no puede haber disputa alguna. Los extremistas violentos que promueven el conflicto distorsionando cuestiones de la fe se han desacreditado y aislado a sí mismos. No ofrecen nada más que el odio y la destrucción. Al hacerles frente, Estados Unidos forjará alianzas duraderas que arremetan contra los terroristas, compartan inteligencia y coordinen a las agencias de aplicación de la ley y protejan a nuestro pueblo. Nos permitiremos que exista ningún refugio seguro en Afganistán o en cualquier otro país desde donde al Qaida pueda lanzar ataques. Apoyaremos a nuestros amigos en el frente, como haremos mañana nosotros y muchos países al prometer nuestro apoyo al pueblo de Pakistán. Y emprenderemos la participación positiva que construye puentes entre las religiones y nuevas alianzas para la oportunidad.
No obstante, nuestros esfuerzos para fomentar la paz no puede limitarse a derrotar a los extremistas violentos, ya que el
arma más poderosa de nuestro arsenal es la esperanza de los seres humanos, la convicción de que el futuro pertenece a quienes desean crear y no destruir, la confianza de que los conflictos pueden acabarse y que llegará un nuevo día.
Por ese motivo, apoyaremos -- reforzaremos nuestro apoyo a campañas eficaces de mantenimiento de la paz, a la vez que reactivamos nuestros esfuerzos para prevenir los conflictos antes de que cobren fuerza. Trataremos de conseguir una paz duradera en el Sudán mediante el apoyo al pueblo de Darfur y la aplicación del Acuerdo General de Paz, para que podamos asegurar la paz que el pueblo sudanés se merece. Y en los países asolados por la violencia –desde Haití hasta el Congo y Timor Oriental–
trabajaremos en conjunción con las Naciones Unidas y otros asociados para apoyar una paz duradera.
También seguiré tratando de conseguir una paz justa y duradera entre Israel, Palestina y el mundo árabe. Vamos a seguir trabajando en esa cuestión. Ayer tuve una reunión constructiva con el primer ministro Netanyahu y el presidente Abbas. Hemos logrado algunos progresos. Los palestinos han intensificado sus esfuerzos en lo relativo a la seguridad. Los israelíes por su parte han facilitado una mayor libertad de movimiento para los palestinos. Como resultado de los esfuerzos de ambas partes, la economía en Cisjordania ha comenzado a crecer. Pero se necesita más progreso. Seguimos pidiendo a los palestinos que pongan fin a las incitaciones contra Israel, y seguimos haciendo hincapié en que Estados Unidos no acepta la legitimidad de la continuación de los asentamientos israelíes.
Ha llegado el momento-- ha llegado el momento de volver a iniciar las negociaciones sin condiciones previas que aborden las cuestiones relativas al estatuto permanente: la seguridad para los israelíes y los palestinos, las fronteras, los refugiados y Jerusalén. El objetivo es claro: dos Estados que vivan uno junto al otro en paz y seguridad: un Estado judío de Israel, con verdadera seguridad para todos los israelíes, y un Estado palestino, viable e independiente, conformado por territorios limítrofes que pone fin a la ocupación que comenzó en 1967 y que haga realidad el potencial del pueblo palestino.
Mientras tratamos de conseguir este objetivo, trataremos de conseguir también la paz entre Israel y el Líbano, Israel y Siria, y una paz más amplia entre Israel y sus numerosos vecinos. En la búsqueda de esa meta, desarrollaremos iniciativas regionales con participación multilateral, y al mismo tiempo negociaciones bilaterales.
Ahora bien, no soy ingenuo. Sé que esto será difícil. Pero todos nosotros, no sólo los israelíes y los palestinos, sino todos debemos decidir si realmente queremos la paz, o si sólo la apoyamos de boquilla. Para romper los viejos hábitos, para romper el ciclo de la inseguridad y la desesperación, es necesario que todos digamos en público lo que se reconoce en privado.
Estados Unidos no le hace ningún favor a Israel cuando no cotejamos el compromiso inquebrantable a su seguridad con la insistencia de que Israel ha de respetar los derechos y reclamos legítimos de los palestinos. Y los países de este organismo no les hacen ningún favor a los palestinos cuando optan por los ataques virulentos contra Israel en lugar de la voluntad constructiva de reconocer la legitimidad de Israel y su derecho a existir en paz y seguridad.
Debemos recordar que el precio más alto en este conflicto no lo pagamos nosotros. No lo pagan tampoco los políticos. Lo paga la niña israelí de Sderot que cierra los ojos por temor a que un misil le quite la vida en medio de la noche. Lo paga el niño palestino de Gaza que no tiene acceso a agua potable ni tampoco tiene país propio. Ellos son hijos de Dios. Y después de todas las maniobras políticas y todos los ademanes, esto trata del derecho de todo ser humano a vivir con dignidad y seguridad. Es una lección arraigada en las tres grandes religiones que llaman Tierra Santa a una pequeña parte de la Tierra. Por eso, a pesar de que habrá reveses y falsos comienzos y días difíciles,
no desistiré de tratar de conseguir la paz.
En tercer lugar, debemos reconocer que en el siglo XXI no habrá paz a menos que asumamos la responsabilidad de preservar nuestro planeta. Le doy las gracias al Secretario General por haber auspiciado el tema del cambio climático ayer.
El peligro que plantea el cambio climático no puede ser negado. Nuestra responsabilidad de evitarlo no debe aplazarse. Si seguimos por nuestro rumbo actual todos los miembros de esta Asamblea verán cambios irreversibles dentro de sus fronteras. Nuestros esfuerzos para poner fin a los conflictos se verán eclipsados por guerras motivadas por los refugiados y los recursos. La sequía y la hambruna causarán estragos al desarrollo. Las tierras donde seres humanos han vivido durante miles de años desaparecerán.
Las generaciones futuras mirarán retrospectivamente y se preguntarán por qué nos negamos a actuar, por qué no pudimos pasar-- por qué no pudimos legar un entorno digno de nuestra herencia.
Por eso, los días en que Estados Unidos le daba largas al asunto se han terminado. Seguiremos adelante con las inversiones destinadas a transformar nuestra economía de la energía y ofreceremos incentivos para que la energía limpia sea un tipo de energía rentable. Seguiremos adelante con las drásticas reducciones de las emisiones para alcanzar los objetivos que nos hemos fijado para el año 2020, y finalmente para el 2050. Continuaremos promoviendo la energía renovable y el ahorro energético, y compartiremos las nuevas tecnologías con países de todo el mundo. Aprovecharemos también cualquier oportunidad para avanzar frente a esta amenaza en un esfuerzo cooperativo con el mundo entero.
Aquellos países ricos que tanto perjudicaron el medio ambiente en el siglo XX deberán aceptar nuestra obligación de encabezar este esfuerzo. Pero las responsabilidades no se acaban ahí. Si bien debemos reconocer la necesidad de que haya distintas respuestas, cualquier acción dirigida a frenar las emisiones de carbono ha de incluir a los países emisores de carbono de rápido crecimiento, que pueden hacer más para reducir la contaminación atmosférica sin impedir el crecimiento. Cualquier iniciativa que no ayude a los países más pobres a adaptarse a los problemas que ya ha desencadenado el cambio climático y que no les ayude a recorrer el camino del desarrollo limpio, sencillamente no funcionará.
Es duro cambiar algo tan fundamental como la manera en que utilizamos la energía. Lo sé. Es aún más difícil hacerlo en plena recesión mundial. Sin duda, existe la tentación de cruzarse de brazos y esperar a que otros tomen la iniciativa, pero no podemos hacer este recorrido a menos que todos avancemos juntos. Con antelación a Copenhague, propongámonos centrarnos en lo que cada uno de nosotros puede hacer por el bien de nuestro futuro común.
Esto me lleva al último pilar que debe fortalecer nuestro futuro:
una economía mundial que ofrezca oportunidades para todos.
El mundo aún se está recuperando de la peor crisis económica desde la Gran Depresión. En Estados Unidos, vemos que el motor del crecimiento empieza a dar vueltas, pero sin embargo muchos siguen pasando apuros para encontrar empleo o pagar las cuentas. En todo el mundo, vemos indicios prometedores, pero poca certeza acerca de lo que nos depara el futuro. Demasiadas personas en demasiados lugares atraviesan las crisis diarias que cuestionan nuestra humanidad:
la desesperación de un estómago vacío, la sed provocada por la disminución de los suministros de agua, la injusticia de que un niño muera de una enfermedad tratable, o una madre que pierde la vida al dar a luz.
En Pittsburgh, trabajaremos con las economías más grandes del mundo para trazar un rumbo hacia el crecimiento equilibrado y sostenido. Esto implica tomar las debidas precauciones para garantizar que no nos rindamos hasta que nuestros pueblos vuelvan a trabajar. Esto significa tomar medidas para reactivar la demanda para que la recuperación mundial pueda sostenerse. Significa también establecer nuevas normas y fortalecer los reglamentos de todos los centros financieros para poner fin a la codicia y los excesos y los abusos que nos llevaron a este desastre, y para evitar que una crisis como ésta vuelva a ocurrir.
Sin embargo, en momentos de semejante interdependencia, tenemos el interés moral y pragmático en cuestiones más amplias de desarrollo, cuestiones de desarrollo que existían incluso antes de que se produjera esta crisis. Así que Estados Unidos continuará su histórico esfuerzo para ayudar a que las personas se alimenten a sí mismas. Hemos asignado 63.000 millones de dólares para llevar adelante la lucha contra el VIH/SIDA, para poner fin a las muertes por tuberculosis y malaria, para erradicar la poliomielitis y para fortalecer los sistemas de salud pública. Nos hemos sumado a otros países en contribuir vacunas contra la gripe H1N1 a la Organización Mundial de la Salud. Vamos a integrar más economías nacionales en un sistema de comercio mundial. Vamos a apoyar los Objetivos de Desarrollo del Milenio y acercarnos a la cumbre del año próximo con un plan global para hacerlos realidad. Vamos a fijar objetivos para erradicar la pobreza extrema en nuestro tiempo.
Ahora es el momento para que todos pongamos nuestro granito de arena. El crecimiento no será sostenido ni compartido a menos que todos los países acepten sus responsabilidades. Eso significa que los países ricos tienen que abrir sus mercados a más productos y echarle una mano a los que tienen menos, y también reformar las instituciones internacionales para dar mayor voz a más países. Por su parte los países en desarrollo tienen que eliminar la corrupción, que es un obstáculo para el progreso, ya que las oportunidades no pueden prosperar cuando las personas están oprimidas y las empresas tienen que pagar sobornos. Por ese motivo, nosotros apoyamos la policía honesta y los jueces independientes; la sociedad civil y un sector privado dinámico. Nuestro objetivo es sencillo: una economía mundial en el que se sustenta el crecimiento y donde hay oportunidades para todos.
Ahora bien, los cambios de los que he hablado hoy no serán fáciles de hacer ni se lograrán solo porque líderes como nosotros se presenten en foros como éste, independientemente de lo útiles que sean, puesto que al igual que en cualquier asamblea de miembros, el verdadero cambio sólo se produce a través de los pueblos a los que representamos. Por eso, en nuestras capitales, debemos emprender la dura labor de sentar las bases del progreso. Es ahí donde crearemos el consenso que ponga fin a los conflictos, que aproveche la tecnología para propósitos pacíficos, que cambie la forma en que utilizamos la energía y que fomente el crecimiento que pueda sostenerse y compartirse.
Yo creo que los pueblos del mundo desean ese futuro para sus hijos. Por eso, se debe defender los principios que garantizan que los gobiernos reflejen la voluntad de sus pueblos. Estos principios no pueden ser ideas de última hora;
la democracia y los derechos humanos son elementos esenciales para el logro de cada uno de los objetivos que he mencionado hoy, ya que es más probable que los gobiernos del pueblo y por el pueblo actúen conforme a los intereses generales de sus propios pueblos, en lugar de los intereses limitados de quienes están en el poder.
La prueba de nuestro liderazgo no será la medida en que fomentemos los temores y antiguos odios de nuestros pueblos. El verdadero liderazgo no se mide por la capacidad de silenciar a la disidencia, ni de intimidar o acosar a la oposición política. Los pueblos del mundo desean un cambio y han dejado de tolerar a quienes están en el lado equivocado de la Historia.
La Carta de esta Asamblea nos compromete a cada uno de nosotros—cito textualmente— “a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en 1a dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres”. Entre esos derechos figura la libertad de decir lo que se piensa y rendir culto como se quiera, la promesa de la igualdad de las razas y la oportunidad para que mujeres y niñas busquen su propio potencial, la capacidad de los ciudadanos a tener voz en cómo se les gobierna y a tener confianza en la gestión de la justicia. Porque al igual que ningún país debe ser obligado a aceptar la tiranía de otro, ninguna persona debe ser obligada a aceptar la tiranía de su propio pueblo.
Como afro estadounidense, jamás olvidaré que no estaría aquí hoy sin la búsqueda constante de una unión más perfecta en mi país. Ese hecho guía mi convicción de que, a pesar de lo negativas que puedan parecer las circunstancias, quienes eligen el lado de la justicia pueden forjar un cambio transformador. Yo me comprometo a que Estados Unidos siempre estará del lado de quienes defienden su dignidad y sus derechos, del lado del estudiante que quiere aprender, del votante que exige ser escuchado, de los inocentes que desean ser libres, de los oprimidos que anhelan igualdad.
La democracia no se puede imponer en ningún país desde el exterior. Cada sociedad debe encontrar su propio camino, y ningún camino es perfecto. Cada país seguirá el rumbo que traza la cultura de su pueblo y sus tradiciones pasadas. Reconozco que Estados Unidos se ha comportado con demasiada frecuencia de modo parcial en la promoción de la democracia. Pero ello no debilita nuestro compromiso, sino que lo refuerza. Hay principios fundamentales que son universales, hay verdades que son evidentes y Estados Unidos de América nunca vacilará en sus esfuerzos por defender el derecho de todos los pueblos a determinar su propio destino.
Hace sesenta y cinco años, un agotado Franklin Roosevelt se dirigió al pueblo estadounidense en su cuarto y último discurso de investidura. Tras años de guerra, trató de resumir las lecciones que podían extraerse de los terribles sufrimientos y enormes sacrificios que habían tenido lugar. “Hemos aprendido a ser ciudadanos del mundo, a ser miembros de la comunidad humana”, dijo.
Las Naciones Unidas fue un organismo creado por hombres y mujeres como Roosevelt, de todos los rincones del mundo, de África y Asia, de Europa y de las Américas. Estos arquitectos de la cooperación internacional tenían un idealismo que era cualquier cosa menos ingenuo, que estaba arraigado en las duras lecciones de la guerra, en la sabiduría que los países podían promover sus intereses mediante la acción conjunta en lugar de fragmentada.
Ahora nos corresponde a nosotros, puesto que esta institución será lo que nosotros hagamos de ella. Las Naciones Unidas hacen el bien en todo el mundo: alimentan a los hambrientos, cuidan a los enfermos, reparan lugares que han sufrido conflicto, pero también se esfuerza por imponer su voluntad y por estar a la altura de los ideales de su fundación.
Creo que esas imperfecciones no son motivo para alejarse de esta institución, sino que son un llamamiento a redoblar nuestros esfuerzos. Las Naciones Unidas pueden ser un lugar donde discutimos las viejas quejas o establecemos un terreno común; un lugar donde nos centramos en lo que nos diferencia o en lo que nos une; un lugar donde consentimos la tiranía; o una fuente de autoridad moral. En resumidas cuentas, las Naciones Unidas pueden ser un organismo que está desconectado de lo que importa en la vida de nuestros ciudadanos o un factor indispensable para promover los intereses de los pueblos a los que servimos.
Hemos llegado a un momento decisivo. Estados Unidos está listo para comenzar un nuevo capítulo de la cooperación internacional, que reconozca los derechos y las responsabilidades de todos los países. Así pues, con confianza en nuestra causa y con el compromiso a nuestros valores, hacemos un llamado a todos los países a unirse a nosotros en la creación del futuro que tanto se merecen nuestros pueblos.
Muchas gracias a todos."
Discurso publicado en el sitio "America.gov".

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